Un sábado feliz tiene sol. Es primavera. Te levantás temprano. Tomás un café con leche y prendés un pucho. Un amigo duerme en tu cama. Tenés un camisón antiguo. Afuera hay nubes de las que quedan después de una tormenta. De vez en cuando aparece algún celeste. Tu pelo revuelto no deja peinarse. Desistís. Te sentás en un sillón. Tu amigo se levanta. Te busca. Toma un café mientras te prepara una tostada con mendicrim y mermelada de arándano que no sabés quién compró.
La cama llama. No hace frío pero te tapás como si lo hiciera. La película que quedó sin terminar la noche anterior, cuando un ojo se cerraba y el otro intentaba quedarse despierto, vuelve a salir del televisor. Tu amigo te hace freguitas en la mano. Suena el celular. Pausa. Como si todavía sonase desde el viejo o el nuevo mundo se escucha: llegué. Hola blin. Un amigo ha vuelto. Pausa. Te cambiás. Elegís un vestido de colores. Play. La película arranca acompañando una espera. Termina en el momento en que suena el portero eléctrico. Pantuflas, ascensor, puerta revelde. Abrazos, besos, y un ramo de jazmines blancos, con perfume indescriptible a jazmín. Triple sandwich de abrazos horizontales en la cama. Se arma. Se prende. Se escuchan cuentos de San Sebastián, de New York, de mujeres y amores. Testigo de una felicidad que te hace protagonista en vivo. Ahora.
En la cocina los tres toman Levité de pomelo. Se ven hilos invisibles que conectan a personas que se ríen. La contentura se siente en el pecho. Taxi. Palermo. Caminatas frescas con sol. Bares, restaurantes, hasta la mesa bajo un árbol que servirá clericó y asados y ensaladas. Fotos infinitas de las que no podés dejar de sacar. Anteojos negros que dejan pasar miradas a punto de explotar.
A unas cuadras una casa, un pasillo en el que hay que hacer silencio, una puerta y otra cocina en la que ya se puede hablar. Una película sin estrenar en el televisor. Un amigo proyectado. El mismo amigo que se sienta en el piso a tu derecha y al que mirás enamorada de sábado entre amigos. Fin. Stop. Power y una alegría potente, fuerte, intensa que no quiere terminar. Nunca quiere acabar. Y seguiría, seguiría, porque nunca es suficiente, pero te acompaña de vuelta a tu casa, a tu camisón, a tu cama inmantada con olor a jazmín. Un sábado entrañable te duerme feliz.
